El smartphone ha entrado en nuestras vidas ‘en profundidad’. De eso no hay duda. Hasta aquellos que renegaban de estar pegados a un móvil o ‘retransmitir’ su vida día a día desde su perfil de Facebook o su cuenta de Twitter han claudicado ante el poder de estos aparatos que, aunque nos parezca mentira, no existían hace tanto tiempo. Han pasado sólo 7 años desde que Apple lanzó su iPhone, llevando a los smartphones al mercado masivo -aunque, en realidad, estos móviles con acceso a Internet han existido, de una forma más elitista, desde hace dos décadas-.
Recuerdo que no hace tanto mis padres veían eso del ‘whatsapp’ como una tontería innecesaria y el facebook no era sino una forma de malgastar el tiempo [ahora, con casi 79 años, los usan a diario]. Y en cierto modo no les faltaba razón. Porque lo que hoy hacemos con el whatsapp lo hacíamos antes con una ‘quedada’ en una cafetería y lo que hacemos en facebook… bueno. Eso era difícil antes. Digamos que con facebook podemos sentirnos populares, apreciados, queridos, atendidos en función de la influencia e interacciones que generan nuestros posts o comentarios. Y, claro, eso no lo teníamos antes la mayoría. Eso era cuestión de los líderes de opinión. Y sentirte eso, algo ‘líder’, resulta adictivo. De no tener más de 30 amigos y algunos más conocidos, almacenamos falsos ‘amiguetes’, de esos a los que apenas saludas cuando te cruzas por la calle y prácticamente ni conoces.

El problema: hacer crecer un ego basado en falsos méritos y creer que estar ‘conectado’ es lo mismo que estar ‘unido’ y, lo que es peor, informado.

Las redes sociales, y con ellas el casi imprescindible ‘smartphone’, nos permiten estar. Simplemente eso. Estar. Estar en una sociedad en la que la identidad digital es la que vale para algo tan simple como encontrar trabajo, conservarlo, mejorarlo y, por supuesto, perderlo. Estar, porque sino eres una suerte de ermitaño, desplazado y aislado.

 

¿Que hemos ganado cosas? Por supuesto:

-No hay tiempos ‘muertos’; siempre tienes algo con qué entretenerte.
-Puedes manifestar tu opinión o informar de algo en tiempo real; inmediatez asegurada.
-Puedes comunicarte, charlar con otros sin necesidad de estar con ellos ni delante de un PC.
-Toda tu información está centrada en un solo lugar, no necesitas más aparatos.

 

Pero, y ¿qué hemos perdido?
-¿Hablar con otros? Sí, claro. ¿Te has parado a pensar cuántos grupos de whatsapp realmente interesantes tienes, cuántos contactos te aportan algo realmente importante y qué conversaciones de verdad te facilitan la vida? Es más, ¿crees que de verdad tienes más amigos o más influencia? El smartphone, reconozcámoslo, nos aísla socialmente del mundo real y reduce nuestro contacto con el entorno directo, al estar constantemente con el móvil.
-Puede producirte una sensación de dependencia; sí. Ya es un hecho; la ‘nomofobia’ es el nuevo mal del siglo XXI. Por término medio, cada usuario consulta su móvil 34 veces al día. 34 veces al menos en las que centras tu atención en la pantalla táctil y dejas de lado otras tareas y momentos que, con casi total probabilidad, son más importantes o efectivas.
-Expones mucha información confidencial en tus fotos, cuentas, aplicaciones. La seguridad es básica.

 

Con todo, el uso y utilidades del smartphone y la conectividad van creciendo. Ya es posible pagar desde el móvil y organizar tu vida de una forma rápida, en cualquier momento y lugar. Una herramienta fabulosa, sí. Sólo que, como todo, hay que saber separarla de lo verdaderamente importante. Los momentos reales, las sensaciones y percepciones que no transmite la telefonía, la espontaneidad, lo cercano, lo íntimo.

Mi consejo: marcarse horarios en los que coger el móvil está prohibido. Ponlo en silencio o en modo avión y escucha con el oído, habla por la boca y, sí, no interrumpas una frase, un beso o una lectura por la puñetera notificación de la aplicación que sea.