Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra! Que ¿voy al campo?, comparto mi estado. Que ¿estoy en una reunión familiar? lleno mi biografía en Facebook de decenas de fotos posadas. Que ¿veo una frase, ‘display’ o vídeo prefabricado que algún amigo o amigo de mi amigo ha compartido? pues yo no soy menos y lo hago también. Que ¿se me cruza la pinza, o ando poético o reflexivo? pues a divagar online sea dicho.

El uso compulsivo de las redes sociales.

El uso de Internet en movilidad y las cualidades técnicas de los ‘smartphones’ nos están permitiendo ‘retransmitir’ nuestra cotidianidad, nuestros pensamientos, nuestra ubicación, nuestras experiencias de una forma directa y en riguroso directo. Y, ¿qué hay de malo en ello? Pues en principio nada. En principio digo, porque las consecuencias de una publicación digamos que ‘compulsiva’ en las redes sociales también tiene su lado desagradable:


No saber gestionar nuestro tiempo en redes sociales

Hasta el punto de que le dediquemos a ello más tiempo que a otras cosas más ‘importantes’ (la familia, la productividad laboral y/o profesional, el ocio, el sueño…).


Puede resultar adictivo.

¡No es coña! Está demostrado que las redes están cambiando la conducta social de las personas y que son capaces de generar frustración y estrés en sus usuarios. Si compartes algo que no tiene la repercusión que esperas o, todo lo contrario, te encuentras con más respuestas e interactuaciones de las que puedes asumir. Una dependencia excesiva de cómo somos valorados por nuestro ‘circulo de influencia’ online nos puede ir ‘minando’ psicológicamente más de lo que creemos.


Publicar cosas inapropiadas o políticamente incorrectas.

Puede que realmente persigas una reacción concreta con lo que publicas, que quieras arriesgar y hasta ‘retar’ a tus seguidores o amigos, pero quizá se dé el caso en que compartas algo en el arrebato del momento sin percatarte de que puede dañar tu reputación online o, es más, puede ser que retuitees o compartas algo de otr@ sin haberlo leído o visto en profundidad y,¡bualá! Sorprenderte con que has ejercido de vocero de un tema que no te interesa o, lo peor, que te perjudica.


Ser demasiado trasparentes tiene el efecto rebote.

No es que ser claros sea malo, es que publicar demasiados datos, sensaciones, sentimientos propios nos sobreexpone y puede ser seriamente perjudicial tanto para nuestra vida laboral/profesional como para nuestra vida personal. Sin pecar de paranoicos, podría ser hasta peligroso si cae en malas manos.



Por tanto, mucho cuidado con publicar en redes sociales más de lo que debes.